miércoles, 2 de septiembre de 2015

Volar

Si no tuviera miedo cerraría mis ojos pronto, me dejaría seducir por el universo de mis entrañas cada noche, del mundo de mi subconsciente que me habita, el que no vive en mi mente sino que me habita a través de los dedos de mis pies.

   Si no tuviera miedo le mandaría mensajes amorosos a través de mi oso de felpa, ése que me acompaña toda las noches y vela mi sueño en su ausencia, al fin y al cabo durante la noche nadie vigila sus andanzas y las patas llenas de barro por las mañanas delatan que, aunque sea por ratos, sale a pasear en busca de otros corazones rotos que aliviar.

   Si no tuviera miedo tomaría esa botella de alcohol y la vaciaría a sorbos que se irían convirtiendo en tragos inmensos, pues con el ardor en mi garganta distraería la savia pesada que corre por mis venas, la que a cada latido borbotea sin yo conocer el sentido.

   Si no tuviera miedo arrancaría las hojas de una libreta hermosa, de ésas que me gustan y las soltaría al aire en un día de lluvia intensa, para después correr a atraparlas y con mimo secarlas al sol de la próxima mañana; así, arrugadas y sonoras, cantarían el trazo de mi pluma que no descansaría hasta ver vaciada la historia que llevo dentro, la de la locura y la muchacha, la del ángel caído y sus sentimientos, la de las simetrías y el infinito.

   Si no tuviera miedo tomaría una mochila, con colores rosas y morados, la llenaría de tres o cuatro cosas y comenzaría a caminar, no me detendría hasta comprobar que la curvatura del mundo me traería al mismo lugar, no igual, mi mochila estaría decorada con más colores y mil postales prendidas, ya no lloraría por mis pies cansados y los ojos los regresaría aún más repletos.

   Si no tuviera miedo compraría todos los chochitos de colores del mundo y batiría harina, azúcar y huevos, hornearía pasteles sin cesar; los apilaría en mi sala de estar y me bañaría en su olor a pan recién horneado antes de decorar cada uno con suave mimo e ilusión.


   Si no tuviera miedo tomaría las alas que me regaló un pequeño y con ellas volaría lejos, no sé si llegaría a donde está él, pero no regresaría nunca más.

lunes, 15 de junio de 2015

Cupcakes

Yo crecí entre masa y moldes para hornear. Mamá siempre tenía una idea para elaborar un panqué, una tarta o galletas, aunque éstas no eran sus preferidas siempre la motivaba la emoción de su hija por usar los cortadores y saborear los colores y las formas de sus famosas galletas con la maizena para hacer atole.

   Mamá coleccionaba moldes y material de repostería, ella mezclaba harina con azúcar, mantequilla y huevos, y relucía su creatividad y su talento. En casa siempre había pan, de mi padre heredé el afecto incondicional por una concha o unas galletas; mi mamá hacía gala del amor a su familia siempre la casa a pan recién horneado.

   Como todos en algún momento de la vida, he sentido que mamá y yo venimos de recetas diferentes, la vida me ha mostrado de qué manera estamos unidas por las mismas cosas y recientemente me he sorprendido por un sensación profunda que rellena mi alma al elaborar pastelillos y decorarlos.

   Quizás haya sido el perpetuo convivir con la textura ideal de una base para pay entre las manos, el percibir si lo que le falta es agua o harina para que se separe de tus manos o tal vez que desde pequeña le perdí el miedo a mezclar ingredientes con ayuda de una batidora con la certeza de que se convertirán en un esponjoso pastel. No es buena idea comer la pasta antes de hornearla, pero de niña siempre encontraba un momento especial para arrancar un pedacito a la bola de masa para hacer galletas o dar paso a un dedo travieso que marcaba la superficie de la preparación en el tazón antes de verterlo a un molde para panqué; todo frente a la mirada de mamá, unas veces inquieta y otras pícara.



   Pastelillos con forma de taza, “cupcakes”. Es indescriptible la emoción previa a medir las cantidades de los ingredientes, la planeación de los sabores y los colores de los capacitos, mi corazón batalla por mantenerse dentro de mi pecho mientras espero a que estén completamente fríos para iniciar la decoración. Todo es un desborde de creatividad e ilusión.

   Disfruto pasear los ojos por la tienda de materias primas, cada objeto es una inspiración y cuando compro alguno, no puedo esperar a llegar a casa y poner manos a la obra, o a la harina.

   Un pastel siempre ha sido motivo de alegría para mí, el merengue en su superficie representa una caricia para mi espíritu, ¡tantas alegorías para mi historia personal! Sin embargo, una cosa es cierta la niña rígida que fui siempre encontró un desfogue a su inocencia y dulzura en el olor a pan recién horneado. La mujer que soy ahora encuentra un equilibrio sensacional a la hora de elaborar un pastel: al medir los ingredientes hay poco espacio para lo impreciso, sólo hay una forma en que 200 gramos de mantequilla sean 200 gramos de mantequilla, dos huevos son dos huevos y si alteras la cantidad de polvo para hornear el resultado será un desastre en el horno, con todo, alrededor de la precisión hay un increíble mundo de creatividad y deleite, de imaginación y degustación, me enamoro de los colores que esparcirá la duya sobre el pequeño pan y de las formas que tomará, me emociono al pensar en las sensaciones que producirá en aquel que lo coma.

   Mi niña interior y la mujer que soy, la niña que fui y la mujer que puedo ser se encuentran en armonía durante todo el camino desde la harina y el azúcar, hasta un cupcake decorado y hermoso.

martes, 19 de mayo de 2015

Sobrevivientes

La vida es, cuando menos, peculiar.

   Desde hace algunos años he comprado, para las épocas decembrinas, un trío de macetas con flores de Nochebuena. Las pongo en un simpático macetero en la entrada de mi casa y cada año viven una historia distinta.

   El primer año, ya fuera por mi falta de experiencia con plantas, pues las únicas que cuido son las que cada año adornan mi pórtico con su intenso color rojo y su aire de nostalgia, o quizás el invierno fue particularmente crudo, no lo recuerdo con precisión, pero lo que pasó fue que a duras penas llegaron con hojas al día de Reyes. Les puse agua con dedicación y las mimé con empeño; no les gustó el sol de las mañanas o quizás el lugar les disgustó, así hablaba de las plantas mi abuela.

   Para el siguiente año, decidida a que no ocurriera lo mismo, me hice con unos sobres cuyo contenido debía verter en el agua antes de echarlo a la tierra de mis Nochebuenas. El resultado fue espectacular, sus hojas se volvieron de un color aún más intenso y crecieron con un entusiasmo inusitado. Fue hasta finales de enero cuando comenzaron a decaer. Estaban grandes y frondosas, su vida era tan vehemente que su maceta les quedó pequeña y ahogó todas sus energías. Impotente miré cómo se iban marchitando sin tener un lugar donde traspasarlas; sencillamente la vida las rebasó, colmó sus medios.

   Las del año pasado fueron las más exitosas, si a longevidad me refiero, eran finales de febrero cuando noté su cansancio. Sus hojas caían a un ritmo desenfrenado y las tres a la par. Después de pasar las experiencias previas, conocía que el anuncio del cambio de clima no es bueno para unas flores destinadas a decorar las frías noches de invierno. Ellas no pertenecen a la primavera y yo debí aceptar su tristeza, hoja a hoja. Deposité las macetas con tierra y una rama seca e inerte lejos de mi vista, aún me dolía su perdida y debía concentrarme en el guardar su recuerdo para el próximo invierno.

   Este año ha sido sorprendente, mis macetas con Nochebuenas aún alegran mi entrada y estamos a mitad de la primavera. Una de las macetas jamás perdió sus hojas, a las otras dos las acusé de débiles cuando quedaron sin una hoja de color escarlata. Me llevé una sorpresa cuando, por las mismas fechas en que les digo adiós, observé brotes de color verde en aquellas ramas casi desnudas. La planta que no perdió las hojas animaba a las otras dos a perpetuar su belleza y su vida.

   El calor está en su apogeo e incluso las lluvias se han adelantado y mis tres Nochebuenas siguen viviendo, dos con hojas de profundo color verde y una bermellón. Las miro todos los días con cierta nostalgia, temo por sus días, pero cada vez me recuerda que la vida es peculiar, prevalece cuando menos lo esperas y en ocasiones encuentra caminos intrincados para avanzar.


   Mis flores en sus macetas están lejos de rendirse, intentan atravesar el duro camino hasta que los aires helados del otoño les recuerden de dónde vinieron. La vida es peculiar y mis Nochebuenas me han mostrado de qué forma.

lunes, 11 de mayo de 2015

La tos

Es un espacio reducido y esos son los que funcionan mejor. Sus piernas están encogidas y aún no teme a las hormigas que las recorren de mucho estar en esa posición contrahecha. No le molestan las rodillas junto a su pecho, una más cerca que la otra, pues es bien sabido que en cuento tomas una forma es mejor no cambiarla, ya en otras ocasiones la búsqueda de comodidad le había traído sinsabores.

   Se sentía orgulloso de estar ahí, de haber sido el primero, sonreía triunfalmente cuando el cosquilleo le borró la expresión de un sablazo. No ahora, pensó. Su garganta comenzó a convulsionarse, guiado por el instinto cerró la boca, intentó concentrarse en respirar por la nariz para tranquilizar la bomba que sentía crecer en el interior de su boca, pero cada inhalación agitaba con más fuerza la sensación temida. Recordó lo que hizo aquella vez cuando llevaba un par de días con fiebre y su madre lo cuidaba sin descanso, su cuerpo dolía con cada respiro y el temor de quedarse sólo tuvo que ser vencido, las ojeras cariñosas de su madre lo habían convencido. Aquella noche la pasó evitando el espasmo para no alarmarla. 

   En ese pequeño lugar intentó lo mismo. Cada vez que su pecho amenazaba con expandirse ruidosamente, él ejercía una fuerza opuesta para oponerse. Era como apretar el estómago como cuando quieres vomitar, esperaba que no sucediera eso por ahora. El gemido que emitió al primer intento le recordó un eructo. Él se encontraba en la edad en que tan sólo la palabra “eructo” era motivo de risas y la sensación le devolvió la sonrisa. Consiguió alejar la peligrosa sensación en la garganta y de paso se distrajo con la idea de un sonido de sapo, como le decía su madre. 

   Pensó cuantos sapos cabrían donde él estaba ahora, ¿no sería divertido que en vez de su aparición, fueran la de mil sapos saliendo del rincón? Ya iba a soltar la carcajada al imaginar la cara de todos, cuando regresó el cosquilleo. En cosa de un segundo se preguntó qué tan quedo podría carraspear y si eso ayudaría, jamás lo había intentado. El resto llamaba "señor" a aquel chico que vivía en la esquina, el de las mejillas sonrojadas y abultadas, sólo porque una vez que hubieron de correr a causa de una lluvia torrencial que los había atrapado en la cancha, aquel chico había aclarado su garganta nada más llegar a cubierto mientras el resto se tomaban de las rodillas resoplando.

   Él definitivamente no quería verse como un señor, contrajo otra vez su pecho para contener el espasmo y un silbido ridículo había alcanzado sus oídos. Apretó la boca y aguzó la audición por un buen rato, no había indicios de movimiento cerca. Ahora debía preguntarse cuanto tiempo habría pasado desde que se metió ahí, había parecido el lugar perfecto y ya comenzaba a pensar que no había sido su mejor idea.

   ¿Ya estarían todos afuera? Era imposible que se hubieran olvidado de él, tenía la impresión de que largas horas habían transcurrido desde la carrera previa que le había llevado a ese escondrijo. Cada momento sentía más rígidas las piernas y más repleta de cosquillas la garganta.
“¡Quién me manda a salirme sin permiso a jugar con la gripe encima!”

   La pequeña puerta del cobertizo al fondo del patio se abre y la luz le lastima los ojos por un momento.

   “¡Ahí estás! Jamás te hubiera encontrado de no haber escuchado tu voz”

   Él desenreda el cuerpo y se pone en sus dos pies.

   “Eres al primero que encuentro, ¿dónde están todos?”

   El acceso de tos se ha desvanecido de su garganta. Se siente aliviado y confundido a la vez.


jueves, 23 de abril de 2015

Blowmind


It's so blowmind, It's one single day in the life of an anxious-writer-former-scientist!

Recién salí de la sala de cine tras ver la película The theory of everything y la tarde está por terminar. Han sido días espeluznantes en medio de años de tenso andar; no, no faltos de alegría, pero sí repletos de emociones, muchas y variadas. Apenas crucé la puerta de aquella sala, con los ojos repletos de humedad y la respiración entrecortada, supe que debería tomar mi libreta o lo que fuera para escribir. Así que todo esto será de primera mano, sin pensar. Son tantas cosas que invaden mi mente que temo no abarcarlas, no honrarlas como es debido.

   A propósito de honor, hoy tuve terapia, es un viernes de esos en los que la ansiedad me sobrecoge apenas abro lo ojos y el dolor en toda mi espalda me habla de que mi subconsciente sabe lo que significan los síntomas de la enfermedad crónica que padezco. Y debería empezar por ahí, pues el haber observado imágenes de un científico brillante diagnosticado con una enfermedad que involucra el cerebro y sus funciones, pone en relevancia mi padecimiento. Cualquiera, o para rescatar mi precisión científica ya largamente olvidada, el 88.9 por ciento de las personas dirían que mi enfermedad no es comparable con la pérdida total del control del cuerpo por el ausente control neuromuscular que produce tal enfermedad cuya prognosis, además, es fatal. Sin embargo, debo confesar que, aunado a la obvia condición de colegas que el señor Hawking y yo compartimos dentro del ámbito científico, miré en su condición un recordatorio de cómo fueron mis días durante mis estudios doctorales. 

   Pero no debo correr, "sea cual sea la situación siempre puedes hacer algo con éxito", fue lo último que me quedó de los diálogos de la película. Decía yo que en terapia recordé que no le he dado honor a un compañero inseparable, alguien que me fue fiel cuando pocos lo fueron, que me ha asistido, consentido y aleccionado durante toda mi vida y yo me he portado sumamente desagradecida. En medio de una crisis de pánico que me atenazó algunas noches hace, junto con mi respiración irreverente, pude escuchar, más bien, accedió a mi conciencia un pensamiento que no venía del procesamiento de los impulsos de ninguno de mis sentidos: "No me destruyas, yo soy quien te mantuvo a salvo de la locura". Adjudiqué esa voz a mi Ego, el cual he personificado de mil diversas formas durante mi proceso de crecimiento emocional. El día de hoy llegué a la conclusión de que después de ser compañeros, abandoné su mano al fascinarme por las mieles de la libertad y el abandono de las formas a las que amé tanto. Jamás le he agradecido por todo lo que me dio, que si bien ya no necesito de sus cuidados y me hube sentido sobre identificada con él, nunca lo he mirado de frente y he tenido un rato a solas para decirle lo que significa para mí, que no deseo estar sin él, que lo quiero a mi lado pero que ahora puedo caminar sola. Honrarlo y reconocerlo frente a mí es el camino para dejar esta ansiedad que no me suelta y se vuelve densa. Por otro lado, hoy me hicieron ver que la sensibilidad que poseo para mis procesos emocionales y mentales es portentosa, al lado de una enfermedad crónica del humor y el ánimo, tengo un talento muy especial, puedo percibir lo que la mayoría no. Una vez más recordé que estas recaídas en la profundidad del abismo son parte de lo que será mi vida, pero tengo un don que me hará tener éxito.

   Y volviendo al profesor Hawking, con la debida proporción pues no pretendo darme alcances a su talento científico, me vi reflejada en sus pasos trastornados. De la misma manera que él tropezaba y le resultaba un triunfo asistir a sus labores académicas, para mí lo fue. A todos aquellos que intentarían minimizar los síntomas que padecí y padezco les diré que no tienen nada de fantasiosos y si la medicina psiquiátrica moderna no les dice nada, les contaré lo incapacitante que puede ser no tener acceso a tu voluntad, la frustración que te descompone al reconocer que tu cuerpo no hace lo que tu mente le ordena. Así de simple, tal es. Yo no tengo la fuerza de ánimo del autor de Brief history of time, pero aun así hubo quien me dio apoyo: la fuerza creadora de mi Ego y mi esposo, que aun sin entender del todo lo que pasaba nunca me abandonó, en ninguna forma.

   Yo no soy una escritora típica, los altibajos de mi ánimo me imponen restricciones; cuando miré a Hawking escribir el libro que le dio fama mundial mediante un aparato que además le permitía comunicarse con los demás, una palabra a la vez, sentí, que aunque no tengo aspiraciones de celebridad para lo que escribo, yo también puedo hacerlo, a mi ritmo, con mis condiciones, tal como soy y algún día completar la novela que tanto anhelo escribir.

   Me siento afortunada, pues algo dentro de mí me permite ver la magia de una historia y además conozco secretos científicos que me hacen una mezcla bastante divertida. Aunque decidí dejar mi carrera, en parte porque creí que ya no podía darle honor, reconozco que en ella también brilló mi sensibilidad para aquello tan profundo y a la vez tan espectacular como lo es el tiempo, el espacio y lo que no podemos ver pero sí conceptualizar. Quién sabe, tal vez aquello no quedará sólo como una anécdota de mi vida.

   Sólo puedo estar aquí, sólo puedo manejar el momento, con ansiedad y sin ella, con mi eterna compañera y su agobiante y melindrosa actitud frente a la vida y el movimiento. A causa de mi encuentro con ella se me ha permitido observar una vertiente diferente del espacio-tiempo cósmico.


martes, 14 de abril de 2015

Recomenzar

Ha sido un inicio de año intenso y ya vamos en el cuarto mes. Entré en este nuevo ciclo con una crisis de ansiedad que me ha estado causando grandes estragos. No entiendo por qué si es ya una vieja conocida siempre que se recrudece me aterra como la primera vez. Deben ser sus poderes mágicos.

   El caso es que en esta ocasión me propuse no volver a caer en su juego, creo entender, después de múltiples intentos, que los momentos de lozana paz deben reconocer que siempre está ahí y que siempre vendrá de visita otra vez. Además, no es mala huésped, para ser honestos es arrebatadora su llegada, pero he llegado a comprender que siempre trae regalos exóticos y divertidos, como una tía que ha viajado mucho y de la que eres su sobrino preferido. Esta vez no fue la excepción.

   Llegó pasadas las fiestas, a ella no le gustan las festividades, tienen años que por diversas razones se ausenta, entre ellas que no le gusta la presencia de mi máscara y prefiere ver como se divierte ella en mi compañía, algo retirada; o quizás porque está de paseo por alguno de sus parajes preferidos y desea dejarme con alguna buena compañía como mi alegría, con la cual por cierto ha limado sus asperezas y reconoce su valor. Mi ansiedad es muy considerada.

   Así que apareció en los últimos días del año pasado, discreta, y se aposentó en mis días. ¡Tenía tanto que contarme! Poco a poco se vuelve irritante, no me deja un solo instante para ocuparme de mis asuntos, arde en ganas de hablarme de todo lo que ha visto, olido y recorrido; me deja exhausta. Yo nunca he sido el tipo de persona que puede callar a alguien mientras hablar, es grosero, entonces ahí me tienes largas y largas horas que se convierten en día escuchándola, historia tras historia, pasaje tras pasaje. En ocasiones, se repite a sí misma y de la manera en que soy, no remarco su tropiezo, sólo sonrió y vuelvo a oír lo que ya ha contado un par de veces. ¡Ah, pero no soy eterna! Me harto y cuando eso me pasa, a continuación me vuelvo cáustica. Entonces, tal como sucede siempre, para los días finales de enero, ya se estaba mostrando mi mítico volteo de ojos en señal de fastidio, uno que otro comentario repleto de ironía que ella simula no entender, hasta le saqué la lengua infantilmente cuando no veía. En fin, ésa es la parte cuando las cosas se ponen rudas y al mismo tiempo un momento maravilloso sé que está por venir. Bueno, ahora lo sé, después, porque en ese momento ¡la quiero ahorcar!

   Mi ansiedad me hace llorar, esconderme, no quiero que nadie vea a esta loca parloteando sin parar alrededor mío; la desesperación se trasmina por mis poros y se nota en mis ojos llorosos. Me duele mi condición y hasta siento compasión por mí misma. Recuerdo cómo empezó todo, más allá, en mi infancia; regreso a pensar en este momento y en todo lo que he logrado, desde que está en mi vida y, sin parar de oír su chacoteo incansable, me siento orgullosa de que con todo y su presencia haya podido llegar hasta ese día. Con todo lo que me ha contado de mí misma en sus viajes.

  Me regalaron en navidad un libro de historia del arte, yo lo escogí y mi madre lo envolvió como es debido y yo me sorprendí ante todos al reconocer que era el libro que me había gustado en aquella tienda a la que fuimos juntas, sólo mi mamá y yo conocíamos de la travesura. En su lectura me he refugiado del parloteo de mi ansiedad, no he podido hacer mucho más, hasta hace pocos días ha dejado de incomodarme; sólo hasta que he entendido a qué ha venido. Tal como sucede siempre.

   Y como ocurre siempre, entre las líneas y las imágenes de grandes obras de arte, se ha colado su intención, esta tía molesta y cantarina traía mi regalo especial. Ella tenía que contar todo desde el principio, si algo he aprendido en su compañía es que le gusta platicar, recordar cada detalle de lo que ha percibido y no es escueta en sus declaraciones; ella tiene un singular vocabulario para decirme las cosas, no es como coser y cantar, ¡no!, siempre lo olvido, pero sus historias siempre tienen la clave, la llave maestra de lo que quiere que sepa: su espléndido regalo.

   Estos días han sido intensos, no he podido hacer muchas cosas, como nunca mi ansiedad ha relatado una intrincada historia la cual me ha resultado particularmente tediosa de desmadejar; la tristeza es mi emoción más refinada, en la que refugió todo lo que no puedo procesar y así he estado la mayor parte de los meses anteriores, consciente y atenta a su sonora voz. No he podido escribir mucho, de no ser por mi libro de arte no habría leído más, he dormido mucho, resulta agotador el trabajo de criptología para descifrar sus palabras. Puedo decir que lo he logrado.

   Cuando mi ansiedad está satisfecha de mí, cuando sabe que tengo en las manos mi obsequio, toma sus maleta, de esas que se usaban a principios del siglo XX, las de tela, la verdad es que no sé dónde la habrá conseguido, y se va a un nuevo viaje por mi subconsciente, a coleccionar historias de las que sabré pronto, ahora estoy segura.

   Esta vez no fue diferente, sin decir adiós se retiró, la casa quedó en paz, pero sé que entré visita y visita los ecos de su charla reverberan por doquier, sólo esos retazos volando como motas de polvo a trasluz quedan rodeando la calma de mi mente y hasta creo extrañarla.

   Quiero tomarlo con cuidado, un minuto después de su partida yo vuelo a reencontrarme con todo lo que dejé en pausa mientras la atendía, pero no quiero hacerlo ahora así. Por eso hasta hoy vuelvo a escribir aquí, en cada letra creo escuchar sus pasos de regreso y se acelera mi corazón, aún no sé si es por emoción o por temor.  Lo que sí sé es que siempre regresará y yo la estaré esperando, ¡me encantan sus preciados regalos!

viernes, 20 de febrero de 2015

El burro

Siempre veo a ese burrito. ¿Cómo que cuál burrito? Ese burrito color gris, el que siempre pasa enfrente de mi casa. Ese que algunos días se torna café opaco y otros, pardo. ¿No te había contado de él? Hace un rato lo vi venir de regreso de donde quiera que vaya. Todos los días por la mañana lleva cargado el lomo con costales, nunca le he preguntado pero creo que están rellenos de tierra, de esa que es negra y tiene hojas, de esa que huele rico y siempre me ilumina el ánimo con las virtudes de su aroma a humedad y vida. Sí, porque ha de traer lombrices y gusanos, la vida no puede apartarse de algo tan repleto como la tierra negra con hojas.

   Hoy lo vi con el señor del palo que lo guía a cuestas, subía la pendiente de aquí adelantito con su paso acostumbrado, su cabeza sube y baja levemente a cada paso, y sus cascos sin herraduras tintineaban en el camino de cemento. Nunca lo he visto desanimado, ¡qué no te engañe su cabeza gacha! Sólo es su manera de andar.

   Anteayer lo vi por la mañana muy temprano, yo me dirigía sin muchas ganas a un mandado. Lo observé caminar desgarbado sin importarle los cinco costales que llevaba a cuestas, si la cuenta no me falló, ni el que el señor de la vara se hubiera retrasado unos metros atrás de él. Ya sabe el camino, no necesita que nadie lo dirija. Él jamás perdería el camino, sólo sigue la cinta de concreto hasta donde termina, la verdad es que no sé qué hará después, pero sé que no titubeará en su andar, a pesar de lo que se cree los burros son bastante listos y sólo la tradición, una malsana tradición si me lo preguntas, ha pronunciado a los burritos como ejemplo de torpeza y testarudez.

   Ahora que recuerdo el otro día, ese en el que me encontraba triste y pesarosa por no sé qué razón, lo encontré en mi camino de regreso a casa, aquel día era el burrito de casaca pardagris, movía sus orejas y sentí la necesidad de contarle mis cuitas, me pareció que el oteaba el aire en espera de alguna resolución o queja, ¡qué sé yo! La cosa fue que durante el trayecto que compartimos le conté que me sentía abatida, como desmembrada del cuerpo y de la mente, él no paraba de agitar las orejas y de poner una delante de sus tres restantes patas. Me escuchó sin decir nada, pero cuando nos separamos, mi espíritu se sintió liviano y alegre.

   Desde aquel día disfruto encontrarme en el camino con el burrito, decidí no sólo hablarle de mis tristezas sino platicarle también de que el árbol ya dio frutos y son grandes y jugosos, y también de la mermelada que me propongo hacer cuando toda la fruta haya caído. ¿Qué si me escucha? ¡Hombre, claro que me escucha! Habrías de ver su mirada y su andar cuando andamos juntos el trayecto. El señor de la vara se hace el desentendido, parece estar aburrido de ir y venir en compañía del burro todos los días que no pone reparo en mi presencia cuando me alisto a andar a paso de burrito y platico largo y tendido con él.


   ¡Pues ya que! Uno se hace amigo de quien mejor le parece y el burrito y yo nos llevamos muy bien.