Ha sido un inicio de año
intenso y ya vamos en el cuarto mes. Entré en este nuevo ciclo con una crisis
de ansiedad que me ha estado causando grandes estragos. No entiendo por qué si
es ya una vieja conocida siempre que se recrudece me aterra como la primera
vez. Deben ser sus poderes mágicos.
El caso es que en esta
ocasión me propuse no volver a caer en su juego, creo entender, después de
múltiples intentos, que los momentos de lozana paz deben reconocer que siempre
está ahí y que siempre vendrá de visita otra vez. Además, no es mala huésped,
para ser honestos es arrebatadora su llegada, pero he llegado a comprender que
siempre trae regalos exóticos y divertidos, como una tía que ha viajado mucho y
de la que eres su sobrino preferido. Esta vez no fue la excepción.
Llegó pasadas las fiestas,
a ella no le gustan las festividades, tienen años que por diversas razones se
ausenta, entre ellas que no le gusta la presencia de mi máscara y prefiere ver
como se divierte ella en mi compañía, algo retirada; o quizás porque está de
paseo por alguno de sus parajes preferidos y desea dejarme con alguna buena compañía
como mi alegría, con la cual por cierto ha limado sus asperezas y reconoce su
valor. Mi ansiedad es muy considerada.
Así que apareció en los últimos
días del año pasado, discreta, y se aposentó en mis días. ¡Tenía tanto que
contarme! Poco a poco se vuelve irritante, no me deja un solo instante para
ocuparme de mis asuntos, arde en ganas de hablarme de todo lo que ha visto,
olido y recorrido; me deja exhausta. Yo nunca he sido el tipo de persona que
puede callar a alguien mientras hablar, es grosero, entonces ahí me tienes
largas y largas horas que se convierten en día escuchándola, historia tras
historia, pasaje tras pasaje. En ocasiones, se repite a sí misma y de la manera
en que soy, no remarco su tropiezo, sólo sonrió y vuelvo a oír lo que ya ha
contado un par de veces. ¡Ah, pero no soy eterna! Me harto y cuando eso me pasa,
a continuación me vuelvo cáustica. Entonces, tal como sucede siempre, para los
días finales de enero, ya se estaba mostrando mi mítico volteo de ojos en señal
de fastidio, uno que otro comentario repleto de ironía que ella simula no
entender, hasta le saqué la lengua infantilmente cuando no veía. En fin, ésa es
la parte cuando las cosas se ponen rudas y al mismo tiempo un momento
maravilloso sé que está por venir. Bueno, ahora lo sé, después, porque en ese
momento ¡la quiero ahorcar!
Mi ansiedad me hace
llorar, esconderme, no quiero que nadie vea a esta loca parloteando sin parar
alrededor mío; la desesperación se trasmina por mis poros y se nota en mis ojos
llorosos. Me duele mi condición y hasta siento compasión por mí misma. Recuerdo
cómo empezó todo, más allá, en mi infancia; regreso a pensar en este momento y
en todo lo que he logrado, desde que está en mi vida y, sin parar de oír su
chacoteo incansable, me siento orgullosa de que con todo y su presencia haya
podido llegar hasta ese día. Con todo lo que me ha contado de mí misma en sus
viajes.
Me regalaron en navidad un
libro de historia del arte, yo lo escogí y mi madre lo envolvió como es debido
y yo me sorprendí ante todos al reconocer que era el libro que me había gustado
en aquella tienda a la que fuimos juntas, sólo mi mamá y yo conocíamos de la
travesura. En su lectura me he refugiado del parloteo de mi ansiedad, no he
podido hacer mucho más, hasta hace pocos días ha dejado de incomodarme; sólo
hasta que he entendido a qué ha venido. Tal como sucede siempre.
Y como ocurre siempre, entre
las líneas y las imágenes de grandes obras de arte, se ha colado su intención, esta
tía molesta y cantarina traía mi regalo especial. Ella tenía que contar todo
desde el principio, si algo he aprendido en su compañía es que le gusta
platicar, recordar cada detalle de lo que ha percibido y no es escueta en sus
declaraciones; ella tiene un singular vocabulario para decirme las cosas, no es
como coser y cantar, ¡no!, siempre lo olvido, pero sus historias siempre tienen
la clave, la llave maestra de lo que quiere que sepa: su espléndido regalo.
Estos días han sido
intensos, no he podido hacer muchas cosas, como nunca mi ansiedad ha relatado
una intrincada historia la cual me ha resultado particularmente tediosa de
desmadejar; la tristeza es mi emoción más refinada, en la que refugió todo lo
que no puedo procesar y así he estado la mayor parte de los meses anteriores,
consciente y atenta a su sonora voz. No he podido escribir mucho, de no ser por
mi libro de arte no habría leído más, he dormido mucho, resulta agotador el
trabajo de criptología para descifrar sus palabras. Puedo decir que lo he
logrado.
Cuando mi ansiedad está
satisfecha de mí, cuando sabe que tengo en las manos mi obsequio, toma sus
maleta, de esas que se usaban a principios del siglo XX, las de tela, la verdad
es que no sé dónde la habrá conseguido, y se va a un nuevo viaje por mi
subconsciente, a coleccionar historias de las que sabré pronto, ahora estoy
segura.
Esta vez no fue diferente,
sin decir adiós se retiró, la casa quedó en paz, pero sé que entré visita y
visita los ecos de su charla reverberan por doquier, sólo esos retazos volando
como motas de polvo a trasluz quedan rodeando la calma de mi mente y hasta creo
extrañarla.
Quiero tomarlo con
cuidado, un minuto después de su partida yo vuelo a reencontrarme con todo lo
que dejé en pausa mientras la atendía, pero no quiero hacerlo ahora así. Por
eso hasta hoy vuelvo a escribir aquí, en cada letra creo escuchar sus pasos de
regreso y se acelera mi corazón, aún no sé si es por emoción o por temor. Lo que sí sé es que siempre regresará y yo la
estaré esperando, ¡me encantan sus preciados regalos!